29-03-07
Nevada, en Arizona
Nos levantamos bastante temprano, con bastantes ganas de seguir recorriendo Las Vegas, ya que por retrasos y pérdidas de vuelos, terminamos recorriéndola en unas pocas horas.
Luego del desayuno en la estación de servicio que estaba más próxima, partimos hacia el Grand Canyon del Colorado, en las dos enormes camionetas que transportaban a los uruguayitos viajeros.
Horas de terreno árido, de espera por una represa en construcción, pero con un ambiente espectacular adentro de las camionetas. Parábamos varias veces en el camino, alguno que otro juntaba víveres para comer en el viaje, y allá íbamos, al ritmo de “profundas” conversaciones dentro de la camioneta a veces, o al son de alguna radio norteamericana, en otras. Cuando no estábamos charlando o comiendo, aprovechábamos para escribir el diario del viaje, único momento en que estaba realmente actualizado.
Fue casi al entrar al Parque Nacional que alberga al Grand Canyon, en el estado de Arizona y luego de ya un rato de cielo nublado y denso, que comienza a caer una especie de granizo sobre el parabrisas, como una lluvia que caía un poco más lento y en forma perpendicular al vidrio. “Es como un granizo pero más chiquito” fue lo que atinamos a decir todos. Fue ahí cuando Bettina dice tímidamente “Nieve?”.
ERA NIEVE!!!!!!! Estábamos presenciando nuestra primer nevada –creo que sólo Maca y Seba habían visto nevar antes, el resto jamás habíamos visto nevar- , el césped de los costados estaba tornándose blanco también, y apenas llegamos al hotel que teníamos reservado –y antes del check in- nos pusimos a tocar la nieve, a tirarnos nieve, a sacarnos fotos con la nieve... obviamente felices de lo que veíamos.
Dejamos todo en el hotel y partimos hacia el Canyon. La visibilidad era escasa, ni hablar de ver el río Colorado allá abajo. Cuando cae nieve, hay como una niebla especial. Esa niebla era la que prácticamente tapaba toda la visibilidad del Canyon, pero hay que decir, que más allá de lo que pudiéramos ver, nosotros igual estábamos disfrutando sólo con la experiencia de la nieve. Jugamos otra guerrilla con lo que se juntaba sobre la camioneta y caminamos otro poco. Y a cada rato, se iban sucediendo las fotos, los videos y los recuerdos.
Se hizo la noche y volvimos al hotel. El mejor hotel que teníamos reservado desde Montevideo en el territorio norteamericano, que aunque no era de una categoría de lujo, contaba con una piscina y un jacuzzi espectacular, al abrigo de una construcción a dos aguas con el paisaje nevado alrededor. Nos parecía un sueño estar ahí.
30-3-07
A la mañana siguiente, volvimos al Canyon para verlo en sus totalidad. El clima ya había mejorado, aunque debimos –literalmente- rasquetear las camionetas con la ayuda de un nativo experimentado, porque el hielo ya se había situado en el parabrisas durante la noche, y no aflojaba con nada.
Tengo que decir que ver el Canyon en un día claro fue espectacular. Yo no iba con tantas expectativas –cosa muy favorable en el viaje- y realmente me sorprendió. Uno se siente muy pequeño frente a la inmensidad de un paisaje natural único, enorme, que ofrece una vista deslumbrante.
Es un caso en que las imágenes pueden explicar más que mil palabras, pero me permito decir simplemente que vale la pena la ida.
Ese día a las ocho de la tarde, teníamos vuelo Las Vegas – San Francisco, así que debimos regresar a Las Vegas para partir desde el aeropuerto hacia la ciudad del Golden Gate. Llegamos tarde, por varios inconvenientes en la ruta, y a pesar de que corrimos para devolver el auto y llegar a despachar los equipajes, no conseguimos despacharlos. Ya era tarde. Era el segundo vuelo que perdíamos en unos pocos dias, y no podíamos creerlo. Debimos pasar la noche en el aeropuerto de Las Vegas, haciendo picnic sentados en un círculo, poco después haciendo palabras cruzadas en inglés –qué tal?- y posteriormente turnándonos para dormir. A mi me tocó hacer casi toda la guardia despierta, lo bueno era que el aeropuerto mantenía vuelos durante toda la noche, y hay tanta luz y maquinitas como en los hoteles de la principal calle de Las Vegas. Cada tanto, la sirena de una de las tragamonedas empezaba a sonar y a sonar, y la gente comenzaba a agolparse en torno al feliz ganador, -de simple chusma, nada más-.
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